Regalar un mural, es una buena idea.

Llevo diciéndolo mucho tiempo, pero hasta ahora, nadie se había atrevido a dar el paso. Regalar un mural, o una habitación de las que hacemos, es una idea original, que se puede adaptar a lo que uno se quiera gastar,  (pues se pueden hacer trabajos desde poquito, hasta todo lo que se les ocurra hacer), que seguro, seguro, que le va a gustar al agraciado, pues lo vamos a hacer a su gusto y medida, y sobre todo, que va a durarle al pequeño, mucho más de lo que le va a durar cualquier otro regalo de los que le hagan al nacer. O si no, podemos comparar, con la cuna, la sillita, el cambiador....todos estarán en el cuartillo de los trastos, mientras nuestro mural, sigue decorando, los momentos más mágicos, de la infancia de nuestro sobrino, nieto.... o como en el caso que nos ocupa, hija, de una buena amiga.


La delicadeza de los tonos neutros

Tener la cámara a mano, cuando hay que estar pendiente de tantos detalles, para que no falte nada, a la hora de empezar un trabajo, no es fácil. En este caso, las fotos, no van a hacer justicia, al trabajo hecho. No obstante, no me he podido negar, pues esta habitación refleja a la perfección, el concepto de que no son necesarios grandes despliegues, para conseguir un resultado, tan bonito como este. Algo en lo que me gusta insistir, pues en la vorágine consumista en la que vivimos, parece que todo gira en la dirección contraria.